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SINALOA  

Crónica de un aborto

Judith Valenzuela
Tengo pasaditos los dos meses –respondió Rosa con un dejo de miedo y vergüenza-. Tenía la vista fija en sus pies agrietados hundidos en las desgastadas sandalias de plástico. Su cara demacrada y pálida reflejaba la preocupación del embarazo imprevisto.

 

 

 


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Sentía estremecerse cuando recordaba la voz de su marido, como latigazo sobre su cuerpo enjuto que había parido ya tres hijos: ¡Qué pendeja eres, te embarazaste otra vez! ¡Pero ahorita mismo te vas a sacar eso y pobre de ti que no lo hagas!

Rosa llegó hasta la cerca de alambre de púas. Por la calle se esparcía una mezcla de olor a especias, tabaco y cera derretida. Empujó la puerta de madera podrida y, tras un agudo rechinido, entró al solar frío y húmedo, cubierto de plantas semisecas. Dos gatos negros maullaron lastimeramente. Al fondo estaba el cuartucho de lámina de cartón, agujerada por el paso de los años. La basura se apilaba al fondo del patio, bajo un árbol de naranjo.

-Soy de la loma vengo a que me haga un trabajito… usted sabe.

Ahora estaba frente a doña Meche, la comadrona, quien la miraba de arriba abajo mientras se fumaba un cigarro. Su cabello cano y despeinado enmarcaba una cara arrugada, con gestos duros, labios apretados y entrecejo fruncido. Apoyada en un bastón metálico, para sostener su cuerpo encorvado, la mujer la miró recelosa y desconfiada.

-Pasaditos los dos ¿eh? – decía la mujer, mientras sus manos cuarteadas de tierra presionaron el vientre de Rosa ¿y porqué vienes hasta hoy? ¡Este escuincle ya está grande y lo tienes muy arriba!

-Ya tengo tres niños –se disculpó Rosa-, y no puedo con los gastos, los niños ni van a la escuela porque no hay manera, se la pasan en la calle vendiendo chicles… y mi marido… bueno, así no puedo trabajar.

-¡Eso sí, exclamó la comadrona, le dan duro a la hilacha y, a la mera hora salen con su domingo siete, entonces vienen conmigo a que les resuelva el problemita! ¿Traes dinero? Son cuatro…

Rosa le entregó un par de billetes desgastados. Doña Meche se persignó con ellos, los besó y colocó bajo una veladora. En una esquina de la habitación, prendió una parrilla eléctrica puso encima una vasija de barro con agua y echó algunas hierbas.

La joven esperó impaciente en medio del cuarto lúgubre. Sólo la tenue luz de una lámpara de petróleo iluminaba un viejo ropero sin puertas, la cama de fierro oxidada y el piso de tierra.

La matrona revisó la olla, encendió un par de veladoras rojas y acercó un jarro grande con una bebida espumosa.  -Tómate esto así, bien caliente y cuando te lo termines te quitas la falda y te acuestas en la cama.

Rosa obedeció. El líquido amargo y picante le provocó náuseas. Luego se recostó en la cama sobre una pestilente colcha de cuadros rojos y azules. La vieja se untó aceite en las manos y de nuevo presionó con fuerza el vientre de la joven, quien empezó a sentir fuertes cólicos.

-De una vez te aviso, advirtió la partera, te tienes que aguantar. Voy a sacarte el chamaco para que luego no andes batallando. Ahora dobla las piernas y ábrelas lo más que puedas. Ten este trapo, lo muerdes porque no quiero escándalos.

La mujer tomó un alambre largo y puntiagudo y lo introdujo repetidas veces en la vagina de Rosa, quien se retorcía de dolor cada vez que el alambre entraba y salía de su cuerpo. Sus gritos se ahogaban en el trapo de algodón, mojado de lágrimas. Sentía como salían de su vientre grandes coágulos de sangre, que en realidad eran minúsculos trozos de carne de pequeñas y recién formadas extremidades. -Aguántate muchacha, aguántate, que este chamaco lo tienes muy arriba, decía la comadrona.

Rosa sintió un frío estremecedor por su espalda. La sangre cubrió la colcha de la cama y empezó a gotear al piso de tierra. Sintió el cuerpo entumecido. El dolor cedió a un mareo profundo, infinito. Las imágenes se agolparon en su mente: sus hijos, su marido. Un golpe de agua fría en la cara la hizo reaccionar. Mientras doña Meche le gritaba ¿qué te pasa muchacha? ¡Aguántate, no te duermas!

El dolor agudo y persistente, como el largo alambre en las manos de la comadrona, la hizo perder la razón de nuevo. La sangre había formado ya un charco al costado de la cama. Una mueca de preocupación asomó en la cara de la anciana, sudorosa por el esfuerzo.

-¡Esta hija de la chingada! exclamó la mujer, mientras buscaba prendas en el ropero y las colocaba entre las delgadas piernas de Rosa. Pero la hemorragia no cesaba.

Doña Meche, desesperada, se limpió las manos manchadas de sangre en el sucio delantal y salió a la calle. Un niño pasaba en bicicleta.  -¡Chiquillo ven, vete rápido al mercado y buscas ahí, en el puesto de hierbas, a uno que le dicen el Poncho, le dices que venga para acá. Pero dile que urge, apúrate. La mujer dio una moneda al niño.

El hombre llegó en un par de minutos.  Y dijo: ¿qué pasó doña Meche?

La mujer le susurró al oído: “mira Poncho, esta muchacha se está desangrando ¿y sabes por qué? Porque ya tenía más de tres meses de embarazo.  Si me hubiera dicho la verdad, pues yo, no le hago el trabajito era muy arriesgado… y ya no puedo hacer nada… encárgate de ella, acuérdate que me debes varios.  Y le colocó en una mano un billete desgastado.

Al día siguiente se encontró el cuerpo de una joven junto al canal de aguas negras. Los agentes policíacos dijeron que la mujer, de aproximadamente 20 años, de nombre Rosa X, con domicilio en la colonia vecina, había sido víctima de un crimen pasional.

 

Publicado: Junio de 2007 Año 3 / No. 25



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